De niño era ciego...
Cuando era niño era ciego.
Quiero decir, de niño no entendía nada, y cosa aparentemente paradójica, es la etapa de la vida donde es más fácil recibir, captar y aprender todo lo que el mundo ofrece.
También es la época donde se construyen todos esos esquemas, reglas y modelos mentales del mundo, que nos permiten abordarlo, darle sentido, y claro, navegarlo.
El hecho de navegar el mundo y tener más o menos éxito en dicho cometido, no quiere decir ni remotamente que nuestras reglas y modelos del mundo se acerquen siquiera a la realidad. En muchos casos esas reglas se refieren a propósitos, sentidos y direcciones de la vida. Cualquier filosofía de vida o religión es uno de estos modelos de mundo.
Los modelos son tan apabullantes, tan persuasivos. Son “tan” omnipresentes, siempre entre nosotros y la realidad externa, que son, como todo lo que no puede ser contrastado, casi invisibles.
Y lo son tanto, que hay personas que jamás en su vida son conscientes de ellos. Son total y completamente ignorantes de su presencia e influencia en su vida. Sus directrices son elevadas a leyes del universo. Inapelables e irrompibles. Son la ley.
Personalmente defino a alguien como “idiota” si es incapaz de ver y trascender dichas reglas que gobiernan su vida. Dicho de otra forma, si alguien nunca jamás se ha preguntado con seriedad porque matar es “malo”, o cuando lo hace no puede contestarlo de forma razonable o dejar de sentir que es malo “pues porque si“, es un idiota (por supuesto que decir que es malo porque los 10 mandamientos lo contemplan es todavía más idiota).
Una vez traspasadas sus fronteras, ¡que vasto parece el Universo! ¡Qué grande, diverso y magnífico parece! Pero dicha magnificencia tiene un precio: carece de sentido.
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