El niño de la azotea
Cuando niño me fascinaba colocarme en la orilla de la azotea de mi casa. Era una sensación de fatalismo que me hipnotizaba: un giro, un movimiento mínimo, más simple que el necesario para dar un paso, y la muerte… mi muerte, estaría servida.
Esa capacidad. El sentir que tienes toda tu vida en las manos. ¡No! Tu vida no: el Universo. Todo en un paso. El poder que sientes sobre ti mismo en la orilla. Tan increíble. Tan rebelde. Tan vulgar. Tan fácil.
Tal vez tu no. Tal vez una corriente de aire que llega de repente… y te caes. Fin.
Por un momento todo se ve ilusorio. Es decir. ¿Para qué todo, si con un paso desaparece? Como decía Cioran: En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabría hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: ¿cómo renunciaríamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?
P.D.: Escribo horrible.
Name: