Crónica de un vuelo

Parapente
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Hay una manera de ver todo al mismo tiempo. Se puede sentir el viento y mirar hacia abajo las casas, el tráfico, los veleros, la comida, las montañas, ver a la gente, como uno, en el momento de ser terrestre. Para el ser humano existen formas de volar, por ejemplo, en parapente. Como para mí fue novedoso diré las etapas llamativas. Hay que llegar (por tierra) al lugar de despegue. Ese viajecito se vive con incertidumbre y nerviosismo, la camioneta no deja de subir por un camino en caracol lleno de milpas y vegetación. Cada vez hace más frío y cada vez se acerca más el momento del vuelo. La vereda terrosa y angosta hace lento el avance, lo cual es aliciente para el cobarde que no quiere llegar.

Por fin, acaba el trayecto. Se llega a un llano más o menos redondo en donde van y vienen personas que, sin mucha ceremonia, son empujadas como en un sacrificio cotidiano, a un montículo resbaloso del que ya no saldrán caminando. Los instructores tienden sus coloridas sábanas sobre la cama de tierra. En orden, uno tras otro, llaman a sus respectivos pupilos. Cada individuo es sujetado de las piernas y cintura con seguros y cada uno tiene que caminar por la rampa como un suicida que avanza hacia el verde abismo del valle. Pero la muerte es lo que menos sucede. La persona remonta como impulsada por un resorte invisible y preciso. El fin del temor: está volando.

En las alturas el aire es más fuerte y fresco pero no lastima. Desde arriba se ve todo muy bien, se aprecia el pueblo, que es pequeño, repleto de visitantes. Zigzaguea el rumbo el Virgilio del viento y muestra orgulloso sus dominios. El calor del sol ondula en los rostros de las noveles aves que somos y giramos las cabezas a los lados, arriba y abajo, felices, olvidando que colgamos de cuerdas y un toldo, sin importar que el hombre detrás es uno igual a nosotros, igual de frágil.

Da tristeza que termine la experiencia, se aterriza en una llanura amplia, hay sillas para que esperen los hijos a sus mamás y los padres a sus hijos. Así, los ven aliviados pisando la tierra como si fuera la primera vez que caminan. Y se buscan con los ojos los compañeros de vuelo, los que decidieron volar juntos y surcaron con audacia esa parte nimia del cielo nacional. Se encuentran por fin y se abrazan, se preguntan si les gustó y se responden mutuamente lo que las palabras alcanzan a expresar.

Pero hay gente de la localidad que no vuela, tiene miedo del parapente. Lo más que hacen es ir a la zona de despegue a ver cómo salen otros pero temen hacerlo ellos mismos. Es cierto que da miedo la idea de volar, atemoriza ver a lo lejos las medias lunas de colores en el cielo, arrastradas por el aire, pero es más cierto que es una experiencia hermosa. Y eso pasa con todo. La vida está llena de riesgos y peligros pero si no se vence el miedo no se vive, los niños no caminarían, no se comería ni el pescado por temor a las espinas, y, lo más importante, no se amaría. Así creo, el amor es el vuelo que ansiamos y no hay manera de alcanzarlo más que venciendo el miedo que le tenemos, confiando, dejando que nos posea la amante conciencia del otro, seguros de que el viento no lo quebranta sino que lo impulsa, lo libera. Amé en Valle de Bravo.

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Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

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