Señor@s: ¿Se vale modificar el género a las palabras?

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Conocí el extraño caso de una feminista que se jactaba de haber hecho un papeleo para que su título profesional dijera «Licenciado» y no «Licenciada». Y al final consiguió que le pusieran «licenciado Julieta Martínez», o algo así. Ella argumentaba que ese era el grado que quería obtener y que no había razón para hacer distinciones de género, ella era una licenciado, para eso había estudiado, para tener el título que antes sólo un hombre podía tener. Su postura, llevada a un confuso extremo, me hizo pensar en sus intenciones y en otras circunstancias en que las palabras son instrumento ideológico, la persona sabe que no las dice «correctamente» pero decide usarlas así por sus principios e incluso intenta que a través de palabras se transformen paulatinamente las realidades. Algunos sectores del feminismo son un ejemplo, y la irregularidad del género en el español se ha prestado a ello.

Palabras femeninas y masculinas

En principio, quedaría todo claro si las palabras terminadas en -a y en -o fueran siempre femeninas y masculinas respectivamente. Pero hay excepciones problemáticas como: el profeta, el guardia, el tránsfuga, etc. Por ejemplo, los nombres de las letras son femeninos siempre, incluso la varonil «o».

A palabras terminadas con –e como «jefe», no se les pone la -a al final, bastaría con usar el artículo femenino: «la jefe». Aún así, quienes lo consideran significativo dicen «jefa», y la verdad es que en el habla coloquial lo usamos así muchas veces. Aunque hay casos en que es imposible como «la músico», porque «la música» es el arte en que se desarrolla esa persona. Lo contrario a otra variante: cuando los árboles y sus frutos se llaman igual, se nombra masculino al árbol y femenina a la fruta como el manzano/la manzana, el naranjo/la naranja, convención a la que se reprocha que el sustantivo que da origen sea masculino y su producto sea femenino, ¿por qué no es al revés!

También están las palabras que cambian o alargan su terminación para indicar el género como motriz/motor, héroe/heroína, gallo/gallina rey/reina. En cuanto a los adjetivos viene otra cuestión, si ya decimos «directora», ¿no deberíamos decir también «directora generala» para cumplir con la concordancia? La frase «ellos son almas puras» tendría también una discordancia falaz.

Pero este inventario parecería indicar que las palabras son así, o que cambian por sí solas, y la verdad es que las hemos transformado a través de los siglos que tiene de existir nuestra lengua. Por eso algunas feministas, con estos actos de habla, pretenden cambiar lo que consideran agresión y autoritarismo en el lenguaje.

Cuando somos más mujeres que hombres

Hay quien opina que al aludir a «los neurólogos», aunque diez sean mujeres y dos hombres, no estamos siendo específicos y ellas no se sienten incluidas debido a historias milenarias de omisión al género, proponen decir «las neurólogas» para que ellos sean los agregados. Así como yo cuando digo aquí «las feministas» y quizá haya una minoría de hombres en esta corriente a quienes excluyo, la solución gráfica actualmente sería la arroba: l@s feminist@s, pero verbalmente, parece resolverse con especificar al estilo «las niñas y los niños».

El resultado es que en discursos políticos nos hemos llenado de la vacía frase «las y los ciudadanos», que seguramente fue relevante la primera vez que las mujeres votaron pero que ahora sólo engomina más aún los circunloquios de muchos que, en la realidad, seguramente son misóginos. No es práctico, perdió significado y credibilidad ¿Cómo se economizaría, tal vez diciendo «la ciudadanía»?, es una palabra femenina.

Aunque estas modificaciones, según la perspectiva de quien lo hace, son para impugnar el autoritarismo del lenguaje, no sé si de fondo cambien algo. No veo claramente que se resuelvan las demandas de las mujeres al enfatizar así el género, ni creo que la agresividad esté ahí sino más bien en contenidos del discurso, como el caso de los celebrados albures (frases de doble sentido con carga machista) o del sexismo en muchos otros aspectos de la sociedad que involucran a la expresión verbal.

Justificable o no, el lenguaje es una entidad viva, es un río por el que todos navegamos y la corriente puede moldearse y resurgir. Por supuesto, el discurso va más allá de reglas y depende del uso que se le dé, surgen nuevas formas constantemente. El lenguaje puede estar cumpliendo una función determinada para el feminismo, pero no hay que olvidar ciertas normas mínimas que nos hacen entendernos. Por ejemplo, ¿cómo se explicaría esta serie de circunstancias y licencias sociales a un estudiante extranjero de español?

La lengua debe cumplir con funciones comunicativas, es decir, debe ser claro y preciso, y la expresión, desde mi punto de vista, no debe perder su belleza. La «licenciado Julieta» parece no haber afectado a nadie pero:

  1. Si no se llamara Julieta sino Sasha, Andrea, Guadalupe o algún nombre que pueden usar hombres y mujeres, resultaría confuso. Capaz que al ver su nombre piensan que es un señor y se viene abajo su mérito de haber vencido la «hostilidad masculina» de la abogacía.

  2. Su caso puede abrir camino para que cualquiera (que sepa de leyes y se obstine en hacerlo) escoja cómo quiere su certificado, haciendo pensar a los demás que la universidad que se lo dio cometió un error al escribir el título.

  3. Hace pensar que la escuela llama dictatorialmente «licenciado» a hombres y mujeres, omitiendo al género femenino. Entonces «las feministas de la -a» se enojarían, porque la idea es hacer visible la participación femenina en la vida académica, ¿o no?

Debemos mucho a ciertas feministas. Yo les debo el hecho que, en mis circunstancias, no me siento violentada y no quiero que me digan «maestro». Comprendo su lucha —en algunos casos— pero pienso que no debemos violentar al lenguaje sino dejar que sufra las transformaciones al ritmo que debe hacerlo, no tratar de resolver temas tan complicados como la equidad de género con medidas aparentemente transgresoras que restan claridad a la expresión.

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Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

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1 respuesta

  1. Johan dice:

    Que interesante, me gustó mucho.

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