Y tú, ¿cómo te llamas?

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A mi casa iba un jardinero a ofrecer sus servicios, se llamaba Floro. ¿Por qué tal nombre? ¿En memoria de un familiar? ¿A sus papás les gustaba la botánica? ¿Tenían un vivero? O, ¿anhelaban que su hijo arreglara jardines? Es posible que ninguna de las anteriores suposiciones sea correcta. Ahora planteémonos: ¿Deseaban los papás de Kevin que su hijo fuera actor de Hollywood? ¿Aspiraban a que Britany fuera «madre luchona» a los quince? Los antropólogos y sociolingüistas se han ocupado de este tema que parece interesante ahora que es usual la burla hacia un rasgo ajeno a nuestra voluntad: el nombre propio.

Hace mucho que ya nadie cree que el nombre es sólo una palabra sin significado. Es obvio que funciona como una frontera entre un rasgo generalizante (porque habrá varios con nuestro nombre en el mundo… vaya: en nuestra cuadra) y otro particularizante (porque nos dota de identidad).

¿Cuáles son los nombres más frecuentes?

Según las estadísticas de Yolanda López Franco1 ―lingüista que se ha dedicado al tema―, hay cuatro grupos principales (su estudio está basado en México, específicamente en el Municipio de Tlalnepantla, en varios cortes temporales que abarcan entre 1900 y el 2000), propuestos como un modelo de prototipos que sirve muy bien como guía. En orden de recurrencia son:

  1. Nombres «base», como de acompañamiento: Ana, María, Juan y José, a los que habría que sumar, en el caso mexicano, a Guadalupe.
  2. Nombres «usuales»: Laura, Verónica, Carlos, Eduardo, etcEstos se pronuncian como se escriben y son bastante serios.
  3. El tercer lugar lo forman:
    • Nombres de reciente ingreso: Azul, Brisa, Lluvia, Luna, Cariño. Estos antes no se usaban como nombres sólo como sustantivos comunes. Aquí entra Floro, el jardinero.
    • En lengua de sustrato (en este caso, mexicano): Xóchitl, Tonatiuh, Cuauhtémoc, Centli.
    • Préstamos de lenguas extranjeras: Nancy, Giovanni, Osiris, Candy.
  4. Rurales o viejos: Fulgencio, Telésfora, Eufemia, Salustio, etc., que efectivamente, nos suenan «de antes», sacados del santoral o ajenos al contexto citadino.

¿Qué nos hace gracia de un nombre?

Por lo general, los padres son quienes eligen directamente cómo se llamarán sus hijos. Las razones dependen del contexto y, en ocasiones, dan pie a resultados poco usuales por variadas razones que aquí trato de resumir:

  • Nombres que son bellos por su significado etimológico pero su sonido no es tan agradable: Eleuteria: mujer que ama la libertad, Melchora: reina de la luz, Simeón: el que escucha.
  • Nombres que aluden a personajes célebres pero suenan pretenciosos. Antes «hacerse de un nombre» en la sociedad, significaba honrar el apellido y quizá aún lo sea en algún contexto. Otra alternativa es predestinar la importancia de un bebé, bautizándolo como Aristóteles o Lenin.
  • Los que son hipocorísticos o diminutivos como Florecita, Tito o Lupita. Si no te cae bien, ni modo, no puedes decirle Florrr.
  • Los que resultan irónicos en su relación significado/significante: Blancas que son morenitas, Dulces malhumoradas, Salvadores que resultan ateos, etc.
  • Dos nombres redundantes o que forman el nombre de una figura pública: Reina Elizabeth, Juan Jonathan.
  • Los que proceden de personajes de cine o televisión: Anakin, Heidy, Kal-El (¡como el hijo de Nicolas Cage!), Robocop, etc.
  • Los reiterativos, en sonido o en significado, con el primer apellido: Margarita Flores, Jimena Jiménez (en la tradición española Sánchez era «hijo de Sancho», González, «hijo de Gonzalo», etc., ya no).
  • Combinaciones desafortunadas de nombres y apellidos:
    • El contraste entre nombres extranjeros y apellidos locales, como Samantha López o Norman Pérez.
    • Aquellos, cuya última sílaba y el apellido, o parte de este, dicen otra palabra (de esta variante se desprenden albures, por ejemplo): Mónica Carranza, Francisca Ga-lindo, Regulema Madero, etc. Esto parece sólo un descuido al elegir el nombre sin pensar en el apellido.
  • Los apellidos que juntos tienen coincidencia fonética como: Ló-pez Cao, Puerta Portero (como un candidato de Atizapán). Esto sólo es mala suerte, se enamoraron dos que así se apellidaban y eso no iba impedir que tuvieran hijos.

¿Es malo reírse?

Nunca. O casi nunca.

Cuando una mamá se percata de lo peligroso que puede ser un balonazo para la cabeza de un niño, tiene dos opciones: alejarlo de todos los balones que existen en el mundo o persuadirlo de practicar futból para que aprenda a esquivarlos. Si sabemos reírnos de nosotros mismos, difícilmente las opiniones burlonas de los malintencionados podrán afectarnos a la primera.

Muchos de nuestros nombres son extranjeros y perdemos la noción de ello porque ya los consideramos «castellanizados»

El caso de los nombres puede ser el mismo que el del balón. Si nuestro nombre de pila nos desagrada o causa conflicto siempre existe la opción, más o menos complicada, del cambio de nombre, pero la mayoría ya lo asocia consigo mismo, es finalmente lo que nos designa desde el nacimiento y se le toma cariño, como a veces pasa con los apodos, aunque sean feos.

La estigmatización del Brayan como personaje prototípico de zonas como Ecatepec o Neza es deleznable (por clasista) pero medianamente comprensible. Asociándolo a las listas de arriba, notamos que se trata de préstamos de lenguas extranjeras (el inglés, principalmente) como muchos otros. Ahora se les convierte en entes predecibles con un artículo determinante «El Kevin», «La Britny» o con un indeterminante como en la frase «No vayas, te puede salir un Brayan con una navaja». Pero estoy segura que una vez que nos acostumbremos a escuchar sus nombres en nuestro salón de clases y nuestros trabajos, se gastará su sentido a fuerza de repetición.

Que a nadie extrañe que en este momento estén naciendo niños que se llamarán Bob Dylan, pero cuando uno de ellos gane una medalla olímpica, cuando un Diego Armando se convierta en el gran escritor latinoamericano que estamos esperando y una mujer llamada Kelly sea presidente de Perú, sus nombres cobrarán otro significado del que nadie podrá reír. Y si lo hacen, si los burlistas persisten, serán esos seres frívolos y necios que siempre han existido y no deberían importarnos.

Muchos de nuestros nombres son extranjeros y perdemos la noción de ello porque ya los consideramos «castellanizados», muchos están mal escritos y tenemos que estar corrigiendo a la gente (se dice [Johana], se pronuncia Yojana, es LLojana, etc.), otros tienen sus razones profundas de ser y nos dan orgullo, otros surgen de una casualidad, error, decisión superficial, superstición cabalística o ignorancia. En general habla más de quien nombra que del nombrado.

  1. Yolanda López Franco. El concepto de nombre propio en lingüística: una discusión que continúa. México, UNAM, FES Acatlán, 2007 (Serie Alfonsina)

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Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

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2 Respuestas

  1. Gabriela Martínez dice:

    Muy interesante jojana, el otro día andaba yo en la iglesia de expiraciones de Leon y me sorprendi de lo común que era el nombre de Telesfora en las criptas, cuando leí tu articulo causo gracias por que antes de eso no lo había escuchado jamás.
    Saludos

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