Razones para amar a las muñecas

Muñecas
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A Daniela

Sé bien que los juguetes como mercancía son sinónimo de estátus económico, que se asignan ―a veces a la fuerza― carritos a los hombres y a las mujeres trastecitos, que muchísimas muñecas tienen estándares raciales y de belleza nocivos, pero hablar de eso sería ver sólo la mitad del fenómeno. Aquí hablaré de la otra mitad.

«Muñeca» diré a juguetes humanoides o animales personificados, no a escala como Barbie sino más grandes y de aspecto infantil. Acerco aquí una reflexión sobre su papel en la imaginación creativa y la formación estética de una persona.

La foto de las muñecas

Como dije en Amigos imaginarios, dar nombre, carácter y voz a algo, es tan complejo como crear a un personaje literario. Usaré como ejemplo a algunas de las compañeras que más quise y me hacen notar algo que desde mi adultez comprendo mejor: el juego es creación y los juguetes son personajes.

Muñecas

Siempre han existido marcas que venden a muñecas con nombre pero todavía no sé de alguien que lo respete, de modo que la mayoría tiene dos, el oficial y el personalizado, o ninguno de ellos. Es la primera decisión para construir al objeto estético. Esta es una lectura de los míos:

«Jorge» (derecha, arriba): viejo, rígido, con pelo dibujado y aspecto enfermizo, lleva el nombre de un antepasado. «La Muertecita» (al centro, abajo): su elegancia suple el deseo burgués de la porcelana, cuerpo de trapo igual que «Sin nombre» (izquierda, abajo), quien es tonta e infantilizada. «Samantha» (al centro, arriba), mi favorita, es parlanchina, admite cambios de peinado y ropa. «Lolín» (derecha, abajo): como los de su tipo, con nariz de payaso y eterno olor a nuevo. «Chuchis» (izquierda, arriba) fue innovador: reproduce cassettes por la espalda, su boca y ojos se mueven de acuerdo al sonido. «Miss Piggy» (derecha, abajo): de la serie de TV cuyas figuras se incluían en una caja de hamburguesa con papas.

El juego como creación

Los muñecos reflejan la imaginación de quien no juega de acuerdo a criterios de la industria sino a los propios. No quiero decir que el hecho de concebir a una muñeca como cadáver o a un perro como niño signifique que sea así para su dueño en la realidad sino que, como observó Michael Ende, el juego sólo atiende a las reglas que lo hacen jugable no a las externas. He aquí cuatro razones por las cuales las muñecas son fundamentales en la infancia y deberían tener un lugar en la casa de los adultos:

1. Comprensión del mundo

Cuando somos pequeños todo parece difícil por nuevo, caminar, hablar, comer… pero lo realmente complicado es entender a los demás. Las muñecas suelen ser ese «otro» para el niño, quien no soy yo pero que también es y, de hecho, me antecede. La forma en que se observa a los otros es lo que rellena esos cuerpecitos de guata y celuloide con verdadera personalidad. O sea que mientras más observadores seamos, más sofisticadas serán nuestras muñecas y el mundo en que las hacemos vivir.

2. Desarrollo del sentido del humor

La belleza del juego radica en que no tiene más finalidad que el placer. Esta relajación a menudo despierta el sentido del humor. La forma de actuar, de hablar y el aspecto de nuestras muñecas llegan a ser ingeniosos disparates que en el fondo tienen autocrítica, sátira e ironía, recursos que incluso algunos adultos pasan por alto. Las muñecas son objetos estéticos, puede gustarnos y conmovernos desde el más tierno y rollizo bebé hasta mujeres con pezuñas de caballo, eso no importa, las creemos bonitas pero no con la belleza solemne del museo sino que nos las apropiamos dándoles tonos de ridiculez, defectos, sentimientos, etc. La imaginación nos da permiso de estructurar apariencias y reír ante el reconocimiento.

3. Actitud de juego ante el arte

Dice Kant que hay que asumir «la actitud estética como un estado donde el intelecto y la sensibilidad, el pensamiento y la percepción, entablan una relación de juego». Jugar es creérsela, aceptar la representación que yo me invento como algo existente con lo que puedo involucrarme. Para gozarlo plenamente, deberíamos implicarnos en el arte así como el niño que juega a ser chofer y cree que puede chocar si se distrae aunque esté en la sala de su casa.

Lo triste en la pérdida del conejo de peluche está en lo que representa: es a quien mejor conocemos, lo que más nos gusta, lo que nos da satisfacción, a quien hemos creado. El juego sin finalidad es un verdadero campo de libertad y dignidad humana, nos hace poderosos para crear el mundo que deseamos sin prejuicio moral y nos hace vivir lo bello del acto creativo, como dijo Ende: «Esa totalidad de cabeza, corazón y sentidos, que sólo nos puede regalar el juego carente de intencionalidad, ¿qué otra cosa es, según su más honda esencia, sino belleza?»

4. Imaginación creativa

La actitud de los niños ante los juguetes revela su imaginación creadora. Una mente creativa rebalsará de fantasía sus juegos. Las muñecas son particularmente útiles como moldes a los cuales atiborrar no sólo de atributos y aspiraciones sino de toda una configuración de su entorno y acciones.

Todos los niños deberían jugar con muñecas. Si dejar de hacerlo es un símbolo de madurez, todos tendríamos que rechazar el momento en que ya no jugamos, en que renunciamos a crear sólo a cambio de sobriedad.


Friedrich Schiller. La educación estética del hombre. Madrid, Espasa-Calpe, 1968.

Nina Alejandra Cabra. «Muñecas de plomo y soldaditos de trapo. El videojuego como migración a otras experiencias de juego». Nómadas, No. 39, octubre 2013, Universidad Central de Bogota.

Michael Ende. «Sobre el eterno infantil» (Conferencia dictada en Tokio) en Carpeta de apuntes. Alfaguara, 1996.

Mijaíl Bajtín. Yo también soy (Fragmentos sobre el otro). México, Taurus, 2000.

Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

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