La duración de lo que no sabemos nada

Lluvia
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Alguien no tuvo el cuidado de preveerlo y rentar algo que sirviera para guarecerse en caso necesario. Veía caer, con cierto ímpetu, las gotas sobre la mesa. Era muy larga. Quizá tuviera cinco metros de longitud. Le caía tanta agua por un lado como por el otro.

De pronto, en una transmutación originada por el aburrimiento y propia de la fantasía, el espacio se volvió tiempo y el tiempo se hizo espacio.

Imaginé la longitud de la mesa como la duración en el tiempo de algo. Un país, un imperio, una empresa, un culto, la devoción por aquel grupo de rock. No importaba. En algún momento ese algo tuvo que iniciar y en algún momento habrá de terminar. Me pregunté: «¿Qué tiene de especial este instante?» «¿Hay algo singular en él?» Al no encontrar una respuesta positiva, tuve que rendirme a la evidencia de que era uno más entre muchos otros. ¡Como las gotas! Esas que caían sobre la mesa. Indistinguibles entre sí.

«Nosotros somos como las gotas. Cada uno de nosotros es una gota». Con este pensamiento en mente, concebí el lugar donde caía cada gota en la mesa como el momento en que nacía cada uno de nosotros, que tenía lugar en algún instante durante el periodo de vida de «aquello» que la longitud de la mesa representaba. El costado izquierdo de la mesa era el inicio, su origen. El costado derecho su final y cierre. Partiendo la mesa por la mitad encontrábamos el punto medio de su duración. Había tantas gotas de un lado como del otro. Supuse que era igual de probable caer en cualquiera de ellos.

Nosotros somos como las gotas. Cada uno de nosotros es una gota.

Eso significaba algo. Me dije: «es igual de probable que una persona haya nacido en la primera mitad de la vida de algo como de nacer en la segunda, igual de probable que una gota caiga a un lado u otro de la mesa». Pensé en mi país. «¿Será posible que me encuentre en la primera mitad de su vida o en la segunda? A fin de cuentas, ¿qué tiene de especial el instante de mi nacimiento?»

Me di cuenta que era tan probable que el país durará menos de lo que ya había durado, como que durará más. ¡Pero exactamente la misma! Había (hay) un 50% de probabilidades de que el país se termine en menos años de los que ya lleva existiendo, porque, ¿qué hay de especial en este momento que no tenga cualquier otro? O, ¿qué hay de especial en una gota que ha caído en uno u otro lado de la mesa?

Lo mismo aplica para el culto religioso del momento, ese grupo que todos admiran, esa empresa que nos vuelve locos. Me di cuenta que todo lo que ha durado ya mucho tiempo es más probable que siga durando mucho tiempo. Y lo que ha durado poco, probablemente poco durará.

Y me maravillé de cuanto se puede deducir y conocer del mundo sin saber nada en realidad, con tan sólo mirar a la lluvia precipitarse sobre una mesa.1

  1. ¿Cómo debe ser entendida la conclusión de esta entrada? De la siguiente manera: si tomáramos una gran cantidad de objetos, circunstancias o hechos, con una duración bien establecida, en el momento de nuestro nacimiento aproximadamente la mitad de los mismos ya habrían atravesado la mitad de esa duración, el resto no lo habría hecho todavía. Eso significa el 50% mencionado.

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Javier

Maestro en Ciencias de la Computación (UNAM). Durante mucho tiempo interesado en la difusión del pensamiento crítico, la ciencia y el escepticismo. Estudioso de la inteligencia artificial, ciencias cognitivas y temas afines.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *