Amigos imaginarios

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Extraño a mis amigos imaginarios. Eran al menos seis: Pepe, Arturito, Rosita, Luqui, Lucy y Jorge. Los estoy nombrando en orden ascendente de edad, el menor tenía dos años y el mayor trece. Hubo otros pero desertaron de esa especie de club que formábamos cada tarde en mi casa, yo entendía que sus papás no podían llevarlos y me resignaba fácilmente a que se fueran de mi vida. En las tardes hacíamos las tareas en silencio para jugar un rato al terminar, conforme pasaba el tiempo, los juegos se convirtieron en la organización de espectáculos (magia, canciones, baile, etc.) y largas conversaciones que hacían más complejas sus personalidades.

Según A. Gesell, la tendencia a crear amistades surge alrededor de los cuatro años y no dura mucho, en mí persistió más o menos hasta los once años. Creo que la razón de su extinción fue que ellos no crecían conmigo. El fin de la primaria fue la frontera en que dejaron de frecuentarme, hicimos una despedida emotiva y paulatinamente me fue pareciendo una idea ridícula. Siempre supe que no eran reales, es decir, sabía que Rosita tenía sobrepeso, que Pepe tenía asma, que Arturo tenía deficiencias de lenguaje y que Lucy era bellísima, sabía que se vestían siempre igual, pero no creía que estuvieran ahí de forma tangible.

Hace años fui al psicoanalista y le hablé de mis amigos. Fue la única sesión en que abrió los ojos y se mostró francamente interesado. Me preguntó «Ellooos… ¿están… aquí… ahooora?», el hombre era un cínico. Nunca los vi pero sé lo que significan: no se trata de fantasmas ni tiene que ver con mi mollera abierta. En mi caso, fueron un juego y quizá un presagio.

Las características de los niños respondían a diferentes deseos: el de proteger y enternecerme con los más pequeños, echar chisme con las amigas, admirar su belleza y gracia, enamorarme del mayor, etc. Sus realidades estaban estructuradas, conocía sus problemas familiares, enfermedades y tristezas. Parece obvio el hecho de que soy hija única, que soy tímida y que muchas veces me aburría. ¿Ocasionó eso que me volviera antisocial y no quisiera jugar con niños de carne y hueso? Por supuesto que sí. ¿La timidez fue la causante de que creara compañeros inmateriales que nunca me criticarían? También.

No quiero ahondar en psicologismos, de los que nada sé, porque el significado de mi experiencia con los imaginarios va mucho más allá de una «conducta» pasajera. El juego de invención de amigos excede al animismo infantil que otorga vida a los juguetes. Jugaba, como todos los niños, «no por compulsión externa, sino movidos por una necesidad interior»1, y puedo decir que me divertía y entretenía lo suficiente. Ciertamente, no he dejado de hacer de gente conocida (real), seres con atributos específicos e historias que a veces se confirman y otras se refutan conforme los conozco más. Eso suena tan simple como ser entrometida o prejuiciosa, pero no es otra cosa que la fabulación de la vida, la voluntad de volver literarias a las personas.

Creo que esta primera inclinación a figuras imaginarias no era otra cosa más que la vocación de crear personajes que fue sustituida por la lectura, y eventualmente por la escritura, más que por las relaciones con personas de verdad. Desde mi perspectiva los amigos imaginarios son un índice de creatividad. Y aunque me vean raro cuando lo cuento, me enorgullezco de ellos y los extraño profundamente en momentos en que siento que me necesito a mí misma porque antes vivía en todos ellos y tenía una gran capacidad de acompañarme siempre, de ejecutar sin vergüenza las aristas de mi existencia, de mezclar con placer pasado, presente y más de un futuro.

  1. Gesell, Arnold. et. al. El niño de 5 a 10 años. Barcelona, Paidós, 1985.

Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

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