Diagnóstico

  • 10
  •  
  •  
  •  
Esta entrada pertenece a la serie: Cáncer
Reconozco lo que significaré para esta mujer extranjera dentro de unos minutos. Le pregunto si leyó el resultado; ella, que hasta ahora me había entregado los sobres de laboratorio abiertos, dice que no se atrevió. No quise darle la noticia definitiva hasta ver el resultado de la biopsia. «Lamentablemente… es cáncer», «es cáncer», «el resultado es positivo a cáncer», «la masa resultó ser maligna», «no queremos ser nunca parte de la estadística pero…», «lo importante es actuar rápidamente, ¿tiene servicio médico?», «lo lamento»… No existen palabras que mi paciente quiera escuchar, elijo las más sobrias. Detrás de ella hay un ventanal donde percibo mi semblante de preocupación que no está en la mirada sino en la boca. Los ojos sólo pueden cambiar de dirección o entrecerrarse. La mímica inocultable está en la boca, un repertorio que va desde el estiramiento total de la sonrisa hasta la desaparición de los labios entre los dientes. Eso sí que cambia toda la expresión facial. La gravedad la da mi boca recta, incómoda por lo que tiene que decir.

Las personas pensarán que los médicos fingimos un dolor que no sentimos pero se equivocan. Sabemos que enferman, que mueren y trabajamos curándolos o estudiando sus muertes, pero el momento de la mala noticia escapa de nuestro empeño, anula nuestra voluntad tanto como la del enfermo. De verdad preferiríamos decirles: está fuera de peligro, se recuperará, no es nada grave, el tratamiento es muy sencillo, el medicamento lo venden en cualquier farmacia a bajo costo, considérese dado de alta; a ese gesto de alegría estarían quizá más acostumbrados, no al de «usted ya se jodió» que es el único posible, en algunos casos. De nuestra antipática sinceridad parte nuestra vocación, de los hechos concretos y aborrecibles a los que debemos responder.

Los familiares de los pacientes me odian por la mala noticia que evoco, me culpan de «negligencia», esa palabra tan fácil de pronunciar y tan difícil de determinar; amenazan con legalismos que han escuchado por ahí, otros me quieren abrazar y yo debo irme porque la persona más importante de su universo no es la única; debo volver con las reinas, los papás y los amores de alguien más. Pero ella se pausa por completo, se congela. Carece de la perspectiva externa del ser querido que teme por la vida del enfermo y hace miles de preguntas. Aquí no hay nadie, ella no es su propio familiar, solamente es quien ha cruzado el nefando puente entre la salud y la enfermedad, está sola.

Después del «es cáncer» sólo veo vacío. Los ojos, por lo general, miran al frente pero más allá de mi bata, de la pared, del mundo. Yo hablo dando opciones, explicando qué debe hacerse, no sé si después recuerden mis palabras pero es importante que escuchen un sonido humano. Porque yo sé dónde están en ese momento. Ella no es la excepción, veo su boca ligeramente entreabierta y reconozco que estamos en el mismo sitio: en una noche muy oscura al borde de un balcón desde donde se ven igual de distantes el cielo y el pequeño abismo de un escalón. Lo que acabo de decirle es que sus preocupaciones cotidianas ‒la comida me salpicó la ropa, pueden descontarme por impuntual, tengo un gripón, ya no le gusto, reprobé el examen‒ han sido miedo a una caída simple. Lo de ahora es un vértigo espacial, es temor al verdadero sin fin. Yo estoy parado enfrente, iluminando inútilmente el estrecho sendero con el fuego de una antorcha. Lo único que ocasiono es la proyección de su sombra que ahora mira como un fantasma.

No siento lo mismo que ella pero sé que flotamos en la misma gelatina de incertidumbre. Desearía no estar de más, no ser quien sabe lo que ella niega. Quisiera ser un holograma que transmita la noticia y desaparezca en el acto para volver después junto con su voluntad y sentido de la proporción. Quisiera tomarla de los tobillos para que descienda porque va hacia arriba, sin peso, como si el cuerpo fuera un cascarón ondulante sin órganos. Abajo: firmas, papeles, cuentas, afiliaciones, citas, carnets, laboratorios. Sé que acabo de dar el grito de arranque a un conductor inexperto que ni siquiera recuerda si cargó combustible o si tiene con él las llaves.

Sé bien quién soy, soy el ave de mal agüero y, al mismo tiempo, el Virgilio que puede sacarla de aquí. Soy el dueño del fuego y soy ella, soy la mujer indefensa que tiene la edad de mi esposa sana. Me despido en la puerta del consultorio con mi mano sobre su hombro. Yo voy con ella en forma de sombra, más precisamente, la sombra de su boca mordisqueada.

Esta entrada pertenece a la serie: Cáncer

Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

También te podría gustar...

1 respuesta

  1. Juancarlosmarx dice:

    Siempre es un placer leerte, pero esta vez me asombre con la fidelidad con que transcribes mis pensamientos. Hay un escalofrio que me recorre cuando me toca ser portavoz del infortunio. Un vacio insensato, desasosiego por la incertidumbre de saber como respondera aquel cuerpo enfermo. Tantos sentimientos tan poco comunes, tan indescriptibles. Te mando un abrazo Jojana, brillante como siempre, iluminada, elegida. Inmortal diria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *