Una redefinición de «hombre» y «mujer»

Jaimie Wilson
Jaimie Wilson, antes y después de su transformación. Instagram: tboy61915

Las mismas ecuaciones tienen las mismas soluciones.

Richard Feynman

Una famosa serie animada puso de moda la siguiente guisa: si un árbol cae en medio del bosque, pero no hay nadie presente que pueda escuchar su caída, ¿el árbol realmente hace ruido? Aquí, la primera impresión es de desconcierto. «Hace ruido, ¿pero nadie tiene tal sensación?» «¿Qué sentido tiene hablar de ruido entonces? Pero, algo pasa ahí, ¿no?»

El problema en realidad es trivial y posee una solución muy sencilla. El quid de la cuestión es que al decir «ruido», sin darnos cuenta, solemos hacer referencia a dos cosas completamente diferentes que usualmente se presentan juntas, pero en este caso no sucede así.

Con «ruido» solemos señalar a la sensación subjetiva que experimentamos todos en nuestra cabeza, pero también nos referimos a las ondas de compresión que viajan a través del aire y son capaces de mover nuestros tímpanos.

Dichos sucesos suelen acompañarse, de forma que resulta natural que en nuestra mente la definición de «ruido» los incluya a ambos. Cuando se da un caso como éste, donde sólo uno de ellos está presente, suele aparecer la indecisión para clasificar el fenómeno como una cosa u otra.

Sólo debemos tomar una decisión: ¿a qué nos queremos referir con «ruido»? ¿a la sensación subjetiva o a las ondas de compresión en el aire? Respondiendo esa pregunta la solución al acertijo es directa y simple.

Decidiré, a fin de ejemplificar, que «ruido» es la sensación subjetiva en nuestra cabeza. Entonces, la respuesta al acertijo sería: el árbol no provoca ruido al caer. De haber elegido que se refiere a las ondas de compresión, al respuesta sería que sí hay ruido.

Mientras se insista en querer incluir ambas cosas en la definición, se presentará la inevitable contradicción. Piénselo: no tiene mucho sentido describir con la misma palabra dos cosas diferentes que puedan contradecirse.

¿Qué tiene que ver todo esto con el tema que nos ocupa? Mucho, porque preguntas alusivas a la identidad de género tienen una estructura similar. Por ejemplo: «las mujeres transexuales, ¿deben acceder a los baños públicos de hombres o de mujeres?» La pregunta remite a conceptos contradictorios que se resuelven de forma simple si aceptamos que estamos refiriéndonos a más de una cosa a la vez cuando decimos «hombre» o «mujer».

Palabras diferentes para cosas diferentes

A los ojos de muchas personas, se ha comenzado a emplear la palabra «mujer» (u «hombre», dado el caso) de forma muy laxa. De una manera que parece no guardar relación con el sexo de la persona aludida. Esto enfurece a muchos, ya que les parece una violación al sentido común, la lógica y la biología. Nada de eso. Vamos a explicarlo.

Tomemos como base la palabra «mujer». ¿A qué nos referimos con ella? En realidad, a muchas cosas (igual que con la palabra «ruido» en el caso anterior). «Mujer» suele hacer referencia a un espécimen de la familia humana del sexo femenino, con cromosomas XX, vagina, y típicamente con la capacidad de parir a otros seres humanos. Pero también hacemos alusión a la persona que cumple el rol social que suele atribuirse a la femineidad, la persona que cumple el papel de madre, hermana o hija, la que usa tacones, se pinta los labios, tiene voz delgada y rasgos finos.

Cuando hablamos de «mujeres transexuales», los hechos objetivos a los que anclamos la definición de «mujer» entran en conflicto. Sí, hay femineidad, «hermanas» e «hijas», pero también hay cromosomas XY y penes (mutilados o no). ¿Qué es entonces «mujer» (u «hombre»)?

La actriz transgénero Jamie Clayton.

Para el que se empeña en anclar la definición de «mujer» a las características físicas y biológicas, decirle «mujer» a un individuo con pene y cromosomas XY es un error. Si se delimita su significado única y exclusivamente a dichos rasgos, se estaría en lo correcto. Pero entonces, ¿qué son los individuos XY que expresan altos grados de femineidad y cumplen un rol social atribuido usualmente a la mujer? Para algunos detractores de éste uso más amplio de la palabra «mujer», estos individuos son hombres que hacen el papel de mujer, o simplemente «hombres femeninos». Pero me parece a mi que tales definiciones hacen un flaco favor a la descripción de la realidad, y llegan al nivel de menospreciar la condición de dichas personas, si no es que de lleno cometen el error de atribuir una relación entre dos cosas (los rasgos físicos y el papel social) que no tienen dependencia lógica entre sí.

Conviene usar más palabras

Hay quien menosprecia la importancia del rol que alguien puede tener en sociedad en el cometido de clasificar a un individuo como «hombre» o «mujer». Suele ser típico de personas demasiado concentradas en lo objetivo, lo tangible y permanente, o todo lo contrario, obsesionadas con la idea de que todo es una interpretación, una construcción (como en la teoría queer, que mencionaremos más adelante). Todo lo que sea mutable, arbitrario, o suene caprichoso, ni siquiera merece mucho una definición para ellos.

Como el papel social es tan dependiente del estado mental siempre cambiante de las personas, para ellos no merece una categoría. «No merece un nombre eso de comportarse femenino o masculino, lo que importa es lo que está entre las piernas y los genes, lo que es independiente a sus gustos y caprichos», se dicen. Pero el rol sí es importante, al menos para muchas personas, y se muestra reelevante al momento de construir nuestras relaciones sociales. Tal vez merezcan un nombre.

El asunto es que la palabra «mujer», por mucho que disguste a los puristas del cromosoma o la deconstrucción, últimamente se ha asociado más al rol social de la persona que a su biología. Así, se ha dado en llamar «mujer» a muchas personas porque cumplen el esquema de lo femenino, reservándose la palabra «hembra» a las personas que cumplen poseer cromosomas XX y vagina. Cosas similares aplicarían para «hombre» y «varón».

En realidad esa distinción no es descabellada y tiene todo el sentido del mundo: usar una palabra para referirse a la realidad física y biológica, y otra para su papel en la sociedad. La tendencia parece ser que la palabra «hembra» se refiera a esas características físicas, dejándose «mujer» para el rol social. Pudo ser al revés, pero no se ha dado así. Algunos críticos quisieran lo contrario: usar la palabra «mujer» para describir la biología.

Jaimie Wilson

Jaimie Wilson, artista y modelo transgénero (que también aparece en la imagen que encabeza este texto), antes y después de su transformación. Ella sería un ejemplo de hembra que de ser mujer pasó a ser hombre.

La conveniencia de usar una palabra diferente para cada uno de estos aspectos nace de las siguientes observaciones:

  • El reconocimiento de que el rol social y las características biológicas no tienen una dependencia lógica entre ellos. Aunque una ha provocado el nacimiento de la otra, son independientes y no se necesitan para existir. Una puede estar presente sin la otra. Como ejemplo, recuérdese lo fácil que es atribuir la cualidad de «mujer» u «hombre» a seres inanimados, como muñecos o androides.

  • El reconocimiento de que el rol social realmente tiene mayor importancia en nuestras relaciones interpersonales que el sexo biológico. Salvo que medie el contacto sexual e íntimo entre dos personas, es el papel en sociedad quien domina el comportamiento y respuestas entre individuos, no sus genitales y menos sus cromosomas. Considérense las conversaciones por chat o correo electrónico con amigo/as o colegas que jamás se han visto en persona. Los genitales no median de forma alguna, como casi ninguna cualidad física de los involucrados.

Osea que si se creen unicornios, ¿son unicornios?

Algunos varones dicen sentirse mujeres, y que por ello son mujeres. Ante tal declaración, los críticos hacen evidente la reducción al absurdo de la que es presa ese razonamiento: «¿Eso quiere decir que si se sintieran centauros serían centauros?» Obviamente no. Si bien sentirse mujer no es razón suficiente para serlo, tampoco es verdad que dicho argumento destruya por completo esa pretensión. Ésta critica se fundamenta parcialmente en la tendencia a anclar los términos a lo inmutable u objetivo, intentando mantenerlos independientes de los juicios y percepciones de los individuos.

Las personas no serían centauros, porque ser centauro, camión o dragón, no está en función de lo que piensen. Ser mujer, en la redefinición propuesta aquí, tampoco depende meramente del sentir de un sólo individuo. Como etiqueta de un rol social, depende del reconocimiento de la sociedad como tal. Dado el caso, se es mujer (u hombre), en buena parte, porque la sociedad te reconoce como tal, no porque tú lo desees.

Que esto no escandalice. En este orden de ideas, «mujer» (u «hombre») no es una descripción. No es una etiqueta que englobe una lista de características (volveríamos a caer en la misma trampa de pretender anclar los conceptos a una realidad objetiva). Los términos son una valoración, como lo son «feo», «guapo», «bueno» o «malo». Por otro lado, «varón» y «hembra» sí serían descripciones de los aspectos biológicos del individuo, de su carga genética y características físicas; «mujer» y «hombre» una valoración colectiva de su papel en la sociedad.

Es como decir «buena persona» o «mala persona». Ser «bueno» no es una lista de rasgos y características, es al final una valoración subjetiva, arbitraria, cambiante y volátil, que cobra todo su sentido como juicio colectivo de la sociedad en la que está inmersa la persona. Y así como alguien «malo» se puede volver «bueno», un «hombre» se puede volver «mujer», o viceversa.

Esto abre muchas posibilidades. ¿Es decir que una misma persona puede ser considerada «mujer» por unos y «hombre» por otros? En principio sí, si queremos ser congruentes con lo que acabamos de decir. Es una idea chocante porque no resulta familiar, pero me parece inevitable si se desea crear una definición que no se ancle de cualidades objetivas como la biología, y no sea vulnerable a la reducción al absurdo ya descrito.

Otra posibilidad es que, al no estar restringidos por propiedades físicas, el concepto de género pueda ampliarse y escapar de la noción binaria que suele atribuirse al mismo, consiguiéndolo de forma muy natural. Nadie piensa que existan dos tipos de música, o dos tipos de obras literarias. Podría haber algo más que «hombre» y «mujer». Considérese esto en el contexto del transhumanismo.

El transhumanismo hace referencia al uso de la tecnología como medio para ir más allá de las limitaciones físicas impuestas por la naturaleza, a fin de ampliar el abanico de capacidades y experiencias humanas. No es difícil imaginar que, en los siglos por venir, se amplíen de formas hoy insospechadas para nosotros, los mecanismos de obtención de placer sexual, de reproducción, y las características físicas que nos permitan identificarnos con un género en particular. En principio, podríamos inventarnos géneros que no existan actualmente, siempre dejando claro que «género» no hace referencia a la biología.

CyberPunk 2077

Imagen publicitaria de CyberPunk 2077, un videojuego en desarrollo que versa sobre un futuro distópico que coquetea con el transhumanismo.

Mientras la discusión no reconozca explícitamente que existen ambas dimensiones, la biológica y la social, que son independientes y que necesitan tratarse por separado, el debate seguirá sumergido en la ambigüedad de términos. Los multiplicará innecesariamente o mezclara descripciones de una dimensión con los de la otra, favoreciendo el razonamiento falaz y los errores categoriales que suelen acompañar a las discusiones de hoy.

El reconocimiento volvería problemas ahora muy confusos en otros muy simples. Por ejemplo, se podría abogar, como medida de salud mental, que exista una correspondencia entre la identidad de género y el género propiamente dicho de la persona (entendido como rol social), de forma que quede clara su separación de la realidad biológica, sin confusiones innecesarias. La propia claridad de la descripción probablemente reduciría los problemas de hoy día.

También podría evitar que enumeremos torpemente, como suele ser común hoy, las combinaciones de los parámetros biológicos y sociales o de identidad, que nombran a cada una como un género en sí misma.

Entonces, ¿a qué baño debe entrar?

A qué baño debe entrar una persona transexual dependerá de si como sociedad queremos que existan baños para hombres y mujeres, o bien,  para varones y hembras. O ya puestos, baños para personas, a secas.

Si una mujer transexual comete un crimen, ¿a que cárcel debe acudir, a la de hombres o mujeres? Si se ha entendido lo explicado anteriormente, nos daríamos cuenta que tal vez sea más conveniente hablar de cárceles de «varones» y «hembras». ¿Por qué?, porque la presencia de varones en una cárcel usualmente habitada por hembras se presta a relaciones de abuso dadas las características físicas de cada uno.

Esto que debería ser simple de entender, no resulta obvio para las autoridades en varios países, dónde se han dado casos de varones convictos por violación que han sido encerrados en cárceles destinadas a mujeres, que son habitadas por prácticamente un 100% de hembras.

La excusa que dan algunos, es que hacen cumplir la voluntad manifestada en el Registro Civil, donde efectivamente está asentado que esas personas son mujeres. El aparato legal carece de los mecanismos para hacer las distinciones necesarias, y por lo visto el cerebro de algunas personas todavía se pregunta si los árboles que nadie ve, hacen ruido o no.

Parece más conveniente que los registros gubernamentales asienten las realidades objetivas, las menos sujetas al capricho de los individuos. Es decir, indicar si son hembras o varones, no hombres ni mujeres, y dejar claro que no son lo mismo. Esas categorías resultan mucho más adecuadas para casos como los mencionados, lo mismo que para otros, como las justas deportivas y cualquiera otra dónde la diferencia de capacidades y características físicas sea relevante. Nótese el contraste que tiene esta perspectiva con el empeño que muchas personas transgénero tienen de asentar legalmente que ahora son del «otro» género.

El obstáculo queer y los estudios de género

Queer

Inspirados por la teoría queer, muchas personas se abocan a resaltar la naturaleza arbitraria y social del género, creando un movimiento transgresor, que rompe los moldes tradicionales de lo que se entiende por femenino y masculino, propugnando por un entendimiento no binario del género.

La teoría queer es una línea de trabajo académica que pretende hacer estudios de género. Aunque me parecen buenas algunas de sus ideas en principio, por ejemplo, el entendimiento del género como una construcción social (de una forma vagamente similar a la expresada aquí), el hecho de que esté inspirada en el trabajo de personas como Foucault, Deleuze, Derrida, Lacan, o la disciplina del psicoanálisis, que muchos entendemos como la crème de la crème de la impostura intelectual, la pseudociencia y anticiencia académica contemporánea, ha dejado sus secuelas en los aspectos más irracionales de la teoría, su verborrea, y su reticencia a apoyarse en los descubrimientos de la ciencia.

¿Cómo es que una disciplina social que tantos puntos de contacto tiene con la biología o la neurociencia, pase de ellas? O se concentra exclusivamente en el aspecto interpretativo y la «deconstrucción», despreciando el impacto que las estructuras biológicas puedan tener como si no existieran, o bien, otros estudiosos acusan la presencia de un presunto neurosexismo; un sesgo sistemático en los estudios científicos al respecto cuando se propone la existencia de un dimorfismo sexual relevante para la creación de la identidad de género.

Si efectivamente existe un sesgo (casi siempre por falta de representatividad en las muestras empleadas, que es una de las mejores criticas), o la falta de replicabilidad de los estudios, la solución sería fomentar una mayor calidad y cantidad de estudios al respecto. No la critica desde los presupuestos de la teoría, que son precisamente los que estarían en cuestión.

Los acusadores no pueden probar que el sesgo exista, o que los resultados estén mal, porque no están haciendo estudios ellos mismos para corroborarlo, al menos por ahora. Por estudio se entiende un procedimiento experimental, no «deconstruir» la realidad con base en los presupuestos de la teoría.

Y mientras todo esto pasa, existe una oleada de personas que se sienten en un cuerpo que no es el suyo, que no se corresponde con su sentir, tal vez sólo como una respuesta a su entorno inculcada por la cultura que los rodea, pero tal vez porque realmente existe un factor biológico desconocido en la actualidad, que afecta directamente la sensibilidad, la percepción y pensamientos de los afectados. Un factor que haría a los varones más femeninos, más «mujeres», y a las hembras más «hombres». Tenemos indicios y evidencias que parecen apuntar en ambas direcciones. No está dicha la última palabra.

Es realmente posible que lo «femenino» y lo «masculino» tengan una base biológica, y no sea una arbitrariedad cultural por completo. Que la preferencia por los automóviles en vez de las muñecas, o viceversa, no sea sólo un factor cultural. Una línea de pensamiento que niegue la posibilidad de esa realidad, como tiende a hacerlo la teoría queer, está negando también la posibilidad de encontrar un camino para comprendernos mejor.

Concluyendo

La separación de los términos en función de su campo de acción, a fin de evitar las contradicciones, favorece el pensamiento claro y preciso sobre el tema. Esto no es posible de conseguir sin romper el entendimiento tradicional de «hombre» y «mujer», que encuentra frecuentes puntos de ruptura en el mundo contemporáneo.

Se considera importante el impacto psicológico que la identidad de género tiene en los individuos, de tal forma que resulte imperativo un nombre y referencia independientes al sexo biológico. Esto evita las contradicciones y ambigüedades inherentes al empleo de un sólo término que se refiera a una multiplicidad de factores. Evita las enumeraciones toscas de las combinaciones entre biología y rol social que suelen presentarse actualmente, cimentando las bases que permitirían un mejor manejo en ámbitos como el legal, deportivo, y otros.

Javier

Maestro en Ciencias de la Computación (UNAM). Durante mucho tiempo interesado en la difusión del pensamiento crítico, la ciencia y el escepticismo. Estudioso de la inteligencia artificial, ciencias cognitivas y temas afines.

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