¿Has visto de una mirada todos los días de tu vida? ¿Qué apariencia tiene algo así? ¿Cuántos días son en realidad? Es algo fácil de conseguir. Un día hice una imagen. Una que contuviera tantos píxeles como días de existencia una vida humana. La imagen de abajo es un ejemplo. Apenas si supera en píxeles el número de días que hay en una vida de 80 años.

Visto así no parecen tantos. Es una imagen muy pequeña de muy baja resolución. No se puede hacer una postal con ella, y se pixela con mucha facilidad tan pronto nos apresuremos a agrandarla. Tiene en la parte de abajo un punto brillante del tamaño de un día. Es un mapa de bits, un mapa de días. Tantos días como una vida tiene.
Consideremos de nuevo ese punto. Ese punto es el presente. Es hoy. En él, todo lo que haz hecho desde la mañana: tu aseo, tu trabajo o estudio, tu comida, todas tus distracciones de ahí hasta el momento de dormir, se contienen. Después de eso, está condenado a apagarse por siempre. Los otros, a la espera de ser encendidos por un día, pero no más.
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Nadie razonable cree que Dios sea un hombre barbado que descansa en la nubes. Prácticamente nadie atribuye características antropomórficas a Dios. No se cree que tenga brazos, piernas… o nariz.

Entendemos porque, y rápidamente argumentamos que sería una clase de antropocentrismo pensar que el Creador es, o tiene forma, de hombre. Una tendencia natural a asumir que lo desconocido tiene la forma de lo conocido. Que si tuviéramos aletas, se las atribuiríamos al cuerpo del Creador.
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Así, con mayúsculas. ¿Por qué hay gente que se empeña en decir cosas como: no creo que alguien pueda imaginarse lo que es la cuarta dimensión. Es cómo si una ameba intentara imaginar la tercera[…] ?
Quiero decir, nosotros definimos lo que es una dimensión ¿no? En matemáticas tiene una definición precisa, e incluso, su noción intuitiva es también muy clara. Lo podemos recordar en esas palabras que nos decían de niños: anchura, altura, profundidad. Ahí van tres, de forma que si queremos cuatro le agregamos la… ¿cómo la llamaremos?… la torquidad. Si. llamemosla torquidad.
Y no. No es lo mismo de lo que hablo en mi todavía inconcluso diálogo sobre el “orden superior“. Es fundamentalmente diferente.

Un Hipercubo
¿Acaso creen que la “cuarta dimensión“ es un lugar o algo así?
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El ego siempre encuentra modos de creerse alguien especial

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Es inevitable que llegue el momento cuando nos preguntemos qué cosas de las que hacemos, realmente las hacemos por convicción personal, y cuantas son mero aprendizaje o imitación.
Este pensamiento puede llegar a nosotros cuando regresamos de un largo viaje, donde tuvimos la oportunidad de escapar de nuestra rutina. O cuando nos replanteamos el camino y las acciones de nuestra cotidianidad.
A veces, viene a mi una sensación extraña, generalmente cuando veo a una pareja de escuela secundaria (entre 12 y 15 aprox) tomados de la mano. Particularmente las chicas, parecen no saber porque toman la mano de su compañero. Es posible ver en su cara una especie de aceptación acrítica de que “asi es”, de que así son las cosas y no hay razón para que no lo sean.
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(Continúa de Diálogo)…
- ¿Y en qué? ¿En qué has pensado?
- Mira. Creo que el orden del que somos inconscientes debe ser de una naturaleza tal, que nuestro pensamiento no puede “verlo” de forma directa. Es más, de hecho creo que el orden abarca al pensamiento dentro de si. Para las hormigas, su limitante es su propia mente. En nuestro caso, creo que sucede lo mismo.
- Ya.
- Lo sé. Es ridículo intentar siquiera descubrir con la mente humana lo que, por definición, debiera ser inabarcable para ella. Pero tal vez no lo estemos abarcando, si acaso, intuyendo. Como tal vez sea posible que las hormigas “intuyan” el orden superior a ellas.
Quiero remarcar un hecho. ¿Cuál es la diferencia entre las hormigas y nosotros, intelectualmente hablando? Seguro el grado de inteligencia, sea lo que eso sea. ¿Qué implica eso? ¿Existen cosas que son realmente “incomprensibles” para las hormigas que son comprensibles para nosotros? ¿Hay una incapacidad física y estructural que lo impide? ¿Pasa con nosotros el mismo fenómeno de “incomprensión”? Es posible que la respuesta a estas preguntas sea afirmativa. Pero creo que hay una diferencia entre las hormigas y nosotros.
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- Te noto pensativo ¿Te sucede algo?
- No, en lo absoluto. Estaba meditando sobre un asunto.
- ¿Qué asunto?
- Sobre las hormigas. Bueno. No. Exactamente las hormigas no. Sobre lo que dice mucha gente sobre ellas. Sobre como las usan de argumento a favor de sus creencias.
- Explícame.
- Si. Mucha gente compara a las hormigas con nosotros. Señalan el hecho de que las hormigas son inconscientes del mundo que las rodea. Tienen esos túneles que construyen en la tierra. Sus caminos al alimento. Su fascinante organización social. Todas esas extrañas e interesantes cosas alrededor de las hormigas. Pero…
- ¿Pero…?
- … son inconscientes del mundo que les rodea. Inconscientes de un orden superior a ellas. Inmediato. Es un orden que tocan con sus patas, pero que no saben que está ahí. No saben que están en una ciudad, o en un campo. No digamos en un planeta o en un sistema planetario. Solo son conscientes de su entorno inmediato a su propio nivel. Solo viven sus vidas. Inconscientes.
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Cuando niño me fascinaba colocarme en la orilla de la azotea de mi casa. Era una sensación de fatalismo que me hipnotizaba: un giro, un movimiento mínimo, más simple que el necesario para dar un paso, y la muerte… mi muerte, estaría servida.
Esa capacidad. El sentir que tienes toda tu vida en las manos. ¡No! Tu vida no: el Universo. Todo en un paso. El poder que sientes sobre ti mismo en la orilla. Tan increíble. Tan rebelde. Tan vulgar. Tan fácil.
Tal vez tu no. Tal vez una corriente de aire que llega de repente… y te caes. Fin.
Por un momento todo se ve ilusorio. Es decir. ¿Para qué todo, si con un paso desaparece? Como decía Cioran: En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabría hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: ¿cómo renunciaríamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?
P.D.: Escribo horrible.
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A veces me pregunto que increíbles sorpresas nos depara el futuro, a mi o a las generaciones venideras. ¿Qué pasmosos secretos del Universo y de nosotros mismos serán descubiertos en los próximos 1,000 años? ¿Y en 300,000? ¿Existirá lo que hoy llamamos humanidad en 25,000,000,000 de años? ¿Cuál es el futuro del conocimiento?
A veces, emborrachados por los descubrimientos y logros incesantes de la ciencia moderna, de forma inconsciente, guiados por el hecho de que el conocimiento es generado cada día, nos vemos secretamente guiados a “sentir” que la realidad se fabrica en ese momento. Como si el ‘top quark’ no hubiera existido hasta su descubrimiento. Como si la curvatura del espacio-tiempo no hubiera existido en la época de Euclides. Como si la naturaleza cuántica de la fotosíntesis no hubiera sido. Un algo simplemente inexistente.
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¿En base a qué nos apreciamos a nosotros mismos? ¿En qué se mide? ¿Una autoestima sana refleja necesariamente la realidad? ¿Es una afirmación sobre la realidad? ¿Somos valiosos? ¿Pero por qué? Usualmente no somos los mejores en algo (para no decir prácticamente nunca). Nadie de nosotros es el más inteligente, ni el más guapo, el más carismático o el más simpático. No somos el más divertido, ni el que gana más. O el más sabio, el más paciente o más virtuoso. Ni siquiera estamos cerca de serlo. Los mejores a nosotros tampoco están muy lejos. Los vemos todos los días. Hay una reticencia a aceptarlo, pero nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. El tipo que te encuentras por la calle, en algún lugar. Siempre, todos los días. Cada uno de ellos, en algún aspecto, es mejor. Hecho que se cumple siempre y para siempre.

A sabiendas de que somos tan solo un pixel más en el inmenso tapiz de la existencia, de que somos una mota de polvo indistinguible de la nada. Un punto en una inmensa y oceánica mancha de tinta. De que en la gran mayoría de los casos nuestra existencia o falta de ella no cambia en lo absoluto la naturaleza de dicha mancha de la que formamos parte. Después de todo esto, que podemos ver y tocar todos los días. Que nos sacude los ojos y el entendimiento. Que destroza nuestras más ególatras fantasías. ¿Por qué insistimos en apreciarnos a nosotros mismos?
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Existe una injuria contra los ateos muy molesta. Con relativa frecuencia alguien dice que, al no creer en Dios, solo creen en sí mismos. No tengo del todo claro que es lo que significa exactamente esa frase. Pero supongo que tiene algo que ver con que se sienten infalibles y que la gente atea y materialista solo considera real aquello que es accesible a los sentidos. Y que, en su arrogancia, se “cierran” a la posibilidad de la existencia en algo que no pueda ser percibido (bueno, todo esto según mucha gente creyente).
Tengo mi propia opinión.

Opino que las posturas ateas, sus descripciones de la realidad, están basadas en el mundo exterior al que se puede tener acceso con los sentidos, la inteligencia, y todo lo que pueda resultar de su combinación. Y preferentemente solo de eso.
La posición del creyente común es diferente. En los tiempos que corren solo un bobo toma de forma literal las historias que nos hablan acerca de los infiernos, purgatorios, cielos, y demás dogmas enseñados por cualquier religión con más de 100 años de edad. El hombre medio actual admite su fe en Dios. Pero a su manera, lo despoja de lo que son para él los sinsentidos e incoherencias de las doctrinas tradicionales.
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En un foro que me dio vértigo y causo en mí un gran sentimiento de desolación, no pudo faltar una frase que me arrancó una agridulce sonrisa, fruto de la ironía de la que el mundo es maestro.
Un chico, exponiendo sus intereses intelectuales sobre los extraterrestres en un foro de religión (cristiana) obtuvo la siguiente respuesta:
[…] deja las fabulas y cuentos y ven de lleno a Cristo […]
(Para entender la ironía visita: esta página)
Siendo sincero me causo gracia. Me hizo recordar mucho una frase que se dijo durante el juicio a Galileo que dice:
Afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol es tan erróneo como proclamar que Jesús no nació de una virgen.
De esa última estoy completamente de acuerdo. ;o)
P.D: lo sé. Solo al 3% de la población le cala la ironía como para hacerla reír… o llorar. :‘o(
Me fascinan las personas apasionadas. Si una personalidad vibra con la nota adecuada de vida. Si alguien vive rayando la obsesión de una faceta. Entonces su espíritu puede conocer la pasión.
Creo que vivir de cualquier otra forma es caminar medio muerto, como andar sin interés en la vida. Me gusta que las personas tengan obsesiones, no siendo lo mismo que la imprudencia o la idiotez.

Y las pasiones, ¿son perecederas o son para toda la vida? Porque yo recuerdo las mías, y no logro evocar la inyección de vitalidad que provocaba tan solo escucharlas nombrar. ¿Ya estoy medio muerto? ¿Tan sólo me encontraba enamorado? ¿Es depresión?
Quiero encontrar mi pasión perdida. El interés en lo trascendente. La necesidad de consagración en vida. El pensamiento que está por delante de todos los demás pensamientos. Mi obsesión.
El buen gusto, como el tener la razón, es algo de lo que todos nos jactamos de poseer. O como diría Francis Bacon: No hay nada repartido de modo más equitativo[…]: todo el mundo está convencido de tener suficiente.

Por supuesto, me refiero a la real y sincera autodevoción nacida de la contemplación de nuestras propias preferencias, no al buen gusto de lo politicamente correcto.
¿Y cómo podríamos pensar otra cosa? ¡Vamos! ¡Por eso nos gusta lo que nos gusta! O más bien: porque nos gusta lo que nos gusta, nuestro gusto siempre es bueno para nosotros mismos. Y así como la razón, que pensamos tenerla porque pensamos lo que pensamos al considerarlo correcto, la creencia en el buen gusto personal es algo siempre presente. Lo que en realidad la convierte en una cualidad barata, universal y sin chiste. Pero, a diferencia de la creencia en tener la razón, resulta imposible tomar un marco de referencia, una medida. La razón se puede contrastar con la realidad. El gusto no (aunque existe el meme insensato de que sí se puede).
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La frase más motivante que he escuchado en las últimas 24 horas es: Triste pensar que prácticamente todas las personas en la calle son ex(novios(as)) de alguien más. Y me parece motivante porque no comparto esa opinión en lo absoluto. Me parece absurdo que eso pueda ser causa de tristeza.
Meditaba en las cosas que si me causan tristeza, y cómo (de la misma forma que yo con la cita anterior) alguien podría ser completamente indiferente a su realidad. Lo que viene a demostrar lo absurdo de todas las tristezas (y las alegrías). Es como estar más allá del bien y del mal.
Una de las principales causas de la tristeza es la decepción. Pero la decepción solo puede existir cuando nuestro modelo mental del mundo se ve en irreconciliable conflicto con la realidad, y cuando dicho conflicto toca algo valioso para nosotros. En realidad con lo que creemos que es valioso (que llegados a ese punto intuiremos que no existe, de ahí nuestra desilusión).
Pero la decepción no es culpa del mundo. Es nuestra. Él siempre ha sido tal y como lo conocemos hoy. Son nuestras irreales expectativas las que nos juegan una mala pasada. Expectativas que bien pudieron ser aprendidas o creadas por nosotros mismos en un momento de embriaguez mental o qué se yo.
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