Historia de mis muertes

Félix

He muerto varias veces.

Tengo que explicar que mis amigas brujas (gracias queridas Belinda y Regina) me dieron el nombre de Gatofélix y así el don de revivir a partir de la segunda muerte. La primera vez la debo solamente a mi papá. Desde ese privilegio puedo contarles mis finales alternos. Estas han sido mis muertes, por ahora.

La segunda

Sucedió en una zona fronteriza entre este país y el del sur. La transición entre un lugar y otro fue mi condición por muchos años, cuando era ingenua y no sabía que la pertenencia no tiene que ver con geografía. Eran principios de este siglo. Viajaba en auto con dos de mi familia. Cuando nos emboscaron traté de escapar por la puerta de atrás hasta que noté que correr en dirección opuesta me estaba alejando de mi verdadero lugar. Entonces me senté en espera de ser descubierta, de ser golpeada por el más joven de los perpetradores al que hice sentir astuto porque me dejé atrapar, como se hace con los niños para que despierten su maldad. Miré hacia arriba su cara redonda sustituyendo a un intenso sol de mediodía, detrás de sus orejas brotaban las montañas y adentro de sus ojos el verde más acuoso y ardiente. El verde que no tiene conciencia de ser porque jamás vio otro color. Vi la belleza en el sudor de su frente, en sus manos gruesas lastimando sin convicción, en el calor seco que le enrojecía las mejillas. Nos llevaron en medio de cañizales inmensos que nos hacían víctimas diminutas. Fuimos increpados, silenciados, despojados… usados nuestros cuerpos con prisa hostil, amordazados y finalmente, acostados boca abajo entre charcos frescos.

Lo peor de esa muerte es que era compartida. La muerte solitaria es mejor, no la desgracia de la hecatombe. Hubiera querido la experiencia para mí sola, la plena concentración en el momento que, como lente de fotógrafo, ansiaba armonioso y exuberante: mi cara en el lodo cremoso, mis manos atadas suavemente con cualquier ropa que antes elegí yo misma para tener cierto aspecto ante los demás, las hojas gigantes que parecían hablar con su movimiento. Me hablaban a mí, ninfa caída, con sus aromas dulces y nudosos. Pero yo no entendía que el fin silencia todo y mis sentidos tan plenos no se apagaron esa vez. No los apagó la torpeza de los hombres fronterizos que no podían odiar lo suficiente a su reflejo.

La tercera

2014. Recibir una mala noticia de salud es casi indescriptible. Ensordece.

Es un fin que inicia. No hay poesía. El momento de despedida no existe con intensidad. Promete ser largo, burocrático, desaseado y sin heroísmo. Y, al no ser bello, trata uno de escaparse en una especie de inercia que ante todos parece valentía pero sólo es deseo de una consumación más relevante. Es un fin escrito con tinta, es una muerte documentada. Uno la niega, como persona viva que es, y ella presenta papelería probatoria e indiscutible. Empieza un viacrucis bastante terrenal y cansado. Empiezan el dolor físico, las planchas frías y las agujas. Los cortes están por todos lados, en las jeringas, en los bisturís, en las madrugadas, en los propios ojos abiertos.

No morí sólo por suerte. Después de eso satisface la vida, por supuesto, pero más por su sencillez, por su naturalidad. Alguien completamente vivo y sano puede tener vanidad, pudores, puede quejarse del clima, sentirse triste por algo irracional, enamorarse de quien sea… el enfermo pierde voluntariamente esas licencias. Se vuelve eso que su palabra designa a la perfección: un paciente.

Según la gravedad y etapa de la enfermedad, las demás personas sienten que ven a un muerto; por eso sus reacciones son las mismas que tienen ante la muerte misma. Unos parecen estarse despidiendo, otros quieren ayudar, otros sienten lástima, otros sacan al médico que creen ser, otros tienen molestia o incomodidad y otros de plano no saben qué hacer y dan la espalda. Esto puedo verlo ahora que ya no me dedico a ser enferma y esa muerte me dejó ir. Pero puedo decir que la reacción que más calma me dio fue la de todos a los que regalé ignorancia, los que no sabían nada y me contaban acongojados de sus gripes o de sus problemas cotidianos fuera de cualquier diagnóstico. Ojalá lo hayan entendido así, como la necesidad de tener a alguien del otro lado del vidrio (Miroslava, perdóname por no explicarlo).

Lo malo de esta muerte es que vuelve a reclamar lo suyo en cualquier posición de la lista.

La cuarta

2018. No sé si a todo el mundo le suceda pero yo he tenido momentos en que creo que la realidad es una película. O un sueño. No sé si atribuirlo a cansancio físico, a depresión, a distracción o a qué. Tuve antecedentes: un día se me iba a caer un vaso, cuando eso pasa uno brinca y trata de detenerlo con la rodilla, con el pie o con lo que sea, casi por instinto. Esa vez se me resbaló el vaso de la mano y lo dejé desplomarse sin intervenir, casi con curiosidad de ver hasta dónde llegaba y cómo sería su quiebre. Esa sensación de letargo se acompaña de una pantalla: todo se ve ambarino y, por eso, más lejano. Quiero decir que uno es de verdad pero el resto del mundo parece no serlo del todo. Se siente como estar en una escenografía preparada para un acto, a la espera pasiva de que le sucedan cosas, como en los sueños una vez que ya nos dimos cuenta de que es sólo un sueño y nos dedicamos a poner atención a lo que pase para recordarlo después, cuando estemos despiertos. Pero aquí nunca se despierta.

El escenario fue la autopista que corre de Pachuca a México, más o menos a las 4 de la tarde, con un sol lateral que amarilleaba más mi visión. Dentro del auto rojo era yo la única, la conductora. El punto ciego me ocultó a otro auto cuando pensaba rebasar. Eso tan común se convirtió en una muerte provocada. Moví abruptamente el volante a la derecha para regresar, como todos dicen que no debí haber hecho. Busqué el acotamiento para no chocar contra nadie y entonces sucedió el efecto del vaso que cae. Daba vueltas sin control, el auto no cambiaba su rumbo ni frenando ni acelerando, veía un collage de casas, ruedas y tierra. La música se apagó y se nubló de humo mi trayectoria. Resignada solté el volante, abrí bien los ojos, porque la muerte es algo que no pensaba perderme, y dejé de presionar los pedales en espera de ver hasta dónde llegaba el golpe. Si era muerte no parecía tan real. Y si era yo, no parecía que estuviera en la filmación… el final fue un choque ruidoso pero bastante ordinario en que, por fortuna, no lastimé a nadie, aunque rompí el auto que fue mi compañero ocho años. Ese percance fue uno de los finales más instantáneos y fáciles para mí, aunque el más aparatoso para los demás. Una familia se detuvo a preguntar si estaba bien. Y yo, tan ilesa, oí de lejos mi propia voz diciendo que sí.

La primera

La primera la dejo al final por transversal. Es la única en que hubo heridos. Un cuadro de dolor y esperanza en que tuvo que morir alguien para que los demás sobreviviéramos. Es mi muerte porque pude estar en ese lugar, porque pudo ocurrir antes de mi nacimiento, porque cargo con ella hasta el final de mis días. Es la muerte del hombre. La muerte que comparto con Saríah y representa la injusticia, la guerra, la soledad y la violencia del mundo entero. Ansío tener las palabras y las fuerzas para poder decirla siquiera. Y no sé si llegue a poeta, pero sólo eso hace significativa mi vida con todas sus muertes… la búsqueda de esas palabras.

Hasta aquí el recuento provisional.

Jojana

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

También te podría gustar...

1 respuesta

  1. Isset dice:

    Fenomenal descripción, esa quinta esencia en cómo aclaras puntos entre el ensueño y la vigilia, es fabulosa, no por fantástica, sino por lo mismo que a muchos de alguna forma hemos vivido/muerto y entonces piensas otra vez que estás experiencias son la continuidad de una realidad “alterna” que no se dé cierto, pero algo debe de haber de eso. Saludos Jojana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *