Ser piedra (para Alberto Magnelli)

Piedras

Traducción del texto original de Italo Calvino «Essere pietra (per Alberto Magnelli)», hecha por Jojana Oliva para Escéptica.

Yo soy una piedra. Lo repito: una piedra. Sé que no pueden entenderme; tendré que explicar estas cuatro palabras una por una y en grupos de dos y de tres y después todas juntas: qué quiero decir cuando digo yo, y cuando digo ser, y piedra, y qué quiere decir ser piedra, y una, una piedra. Yo soy esta piedra con este borde afilado, cortante, con esta base perfectamente cuadrada, y esta superficie interrumpida por una hendidura vertical, con esta muesca dentada, y un hueco curvo. Pero mi ser piedra implica también ser parte de una piedra más grande de la cual me he separado, montaña o acantilado o cadena rocosa o capa basáltica o manto terrestre, es decir participar de la naturaleza de todo aquello que es piedra, pertenecer a la piedra única que continúa existiendo en la formación de las piedras singulares.

Pierres N° 21 - Alberto Magnelli
Pierres N° 21 – Alberto Magnelli

Al mismo tiempo digo que soy una piedra, esta piedra particular que se identifica con esta forma precisa y limitada, excluyendo de sí cualquier otra forma o volumen. Soy una piedra entre las otras piedras en un mundo de piedras, donde no existen más que piedras, bloques y segmentos y grava y megalitos y dolmen; soy piedra porque otras piedras alrededor confirman y confrontan nuestra común sustancia de piedra, sostienen y equilibran el peso y el volumen con el cual ocupo el espacio, permiten que el espacio contenga, además de su vacía continuidad uniforme, aquél especial modo de ser del espacio que es ser piedra.

Estarían equivocados si creyeran que todas las piedras juntas pueden recomponer la Gran Piedra: los lados no embonan, concavidad y protuberancias no coinciden; tal vez nunca hubo Gran Piedra. Pero hay todavía un equilibrio, una complementariedad, una armonía que nosotras piedras, aun permaneciendo separadas e inasimilables, podemos alcanzar, y es el mundo de piedra que situándonos a una en relación con la otra queremos alcanzar en su firmeza inexorable.

Puede que en este mundo de piedra no haya un antes y un después: el tiempo de las piedras está concentrado en nuestro interior donde se reúnen las eras. Tampoco el espacio que nos circunda conoce el tiempo, por lo que podemos permanecer suspendidas dejando que la fuerza de gravedad se ejercite con nuestra masa que se le enfrenta inmóvil. Pero también nosotros en nuestra superficie excavada y astillada y rota llevamos encima una historia, rastros de eventos irrevocables que no se sitúan en un cuándo ni en un dónde. Y no hablo solamente de una historia mineral de rocas sujetas a deslaves, astillamientos, erosiones, lentos escurrimientos o súbitos cataclismos, sino también de una historia marcada por los instrumentos del hombre: el filo helicoidal de la sierra eléctrica que desplazándose corta su ranura en la dura cohesión de las moléculas; el golpe bien asestado del cincel; la cuña que prendada del martillo abre la grieta; la explosión furiosa de la mina.

Por supuesto, nuestra naturaleza mineral sigue siendo la más fuerte: es la que implica e incluye el paso del hombre como un accidente de algún modo necesario; la piedra permanece y el hombre pasa; es el hombre quien sirve al diseño de las piedras, no las piedras al del hombre.

Si el hombre se sirve de nosotras para erigir sus construcciones es porque la potencia de las edificaciones ya está en nosotras, y sería implementada incluso si el hombre no estuviera. Aquí el hombre no se ve, y bloques de piedra, rocas erráticas, peñascos, pilas, se disponen en forma de arcos, terraplenes, cúpulas, acrópolis. Y si en este proceso de agregación encuentran lugar también elementos de procedencia sólo humana, como ladrillos perforados, estructuras de cemento armado, fachadas de rascacielos, esto es sólo por readmitirlos en su primer origen o sea en nuestra fuerza constructiva transmitida al hombre.

Ciudad de esquistos con puentes de serpentina y torres de granito acogerán poblaciones de pórfido y de arenaria. Ruinas primordiales como colonias de Hércules se alzarán en los confines del tiempo, ahí donde todos los orígenes tienen inicio, quizá en el mismo instante y lugar en que termina la catástrofe que pone fin a la historia de las catástrofes, y de todo aquello que fue y será no quedarán más que piedras.


CALVINO, Italo. Romanzi e racconti III. Racconti sparsi e altri scritti d’invenzione. Milano, Arnoldo Mondadori Editore, 2004, pp. 419-421

Jojana Oliva

Maestra en Literatura Comparada (UNAM). Interesada en teoría, crítica, creación literaria así como en la relación entre las artes y entre literatura y ciencia.

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