Aborto legal, ¿viola el derecho a la vida?

Embrión humano

Este trabajo pretende argumentar a favor del aborto legal, mostrando que no es necesario apelar al derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Intenta ser perfectamente compatible con la idea de que el derecho a la vida tiene preferencia sobre el derecho de elección.

¿Es una misión imposible? Es sin duda una postura poco común. Por tal motivo nos parece interesante presentarla al mundo.

Sin más preámbulos, iniciemos.

Índice

Lo irreconciliable

¿Qué le da valor a la vida? ¿Qué defendemos?

Éste es el punto más problemático y que más afrentas tendrá para los detractores de esta exposición.

Para hablar de lo valioso debemos ceñirnos a una teoría del valor. Las teorías del valor se pueden ajustar a uno de dos tipos bien diferenciados (o una mezcla):

  1. Las teorías de valor objetivas, aquellas donde se asume que las cosas tienen un valor por sí mismas, intrínseco e inalienable a su propia existencia. Valor que resulta independiente del juicio o pensamientos de las personas o cualquier otro agente.

  2. Las teorías de valor subjetivas, que asumen que nada tiene valor por sí mismo, salvo aquel que le otorga un observador o agente externo. Es decir, entiende al valor como un acto, o proceso mental acaecido en el observador que emite el juicio.

La argumentación presentada aquí se basa en una teoría del valor subjetiva, entendida, no como la afirmación de que cada uno debe establecer sus propias normas, sino como el reconocimiento de que las normas surgen tan sólo de nosotros mismos, pero siendo posible un acuerdo de cuáles deben ser éstas, cimentándolas en aquello que es común a todos.

Éste es el punto irreconciliable, porque hay quienes simplemente rechazan de frente tal noción al no estar de acuerdo con tal planteamiento.

Primero quiero describir cómo y por qué podemos valorar la vida en tal marco de trabajo, después defender al marco en sí, y por último señalar los problemas que las más típicas posturas de valor objetivo tienen en este asunto particular.

El valor de la vida

En un contexto donde las cosas no valen por sí mismas, ¿por qué valdría la vida?

Contemplándonos a nosotros mismos, lo primero que podemos observar es que, de forma casi instintiva, valoramos nuestra propia vida e inevitablemente la procuramos. Una familia de seres que no lo hiciera sería rápidamente barrida de la faz del mundo por un mecanismo de selección natural.

Es un instinto, un impulso prácticamente universal.

Con base en tal noción, se presentan tres puntos que justifican el valor y defensa de la vida como derecho:

  1. Podemos apuntar a nosotros mismos y decirnos: «yo valoro mi vida». ¿Por qué la valoro? Porque la experimento, tengo instintos, deseos, aspiraciones, expectativas, percepción de la pérdida probable, y un montón de razones psicológicas más, que hacen posible dicha valoración, y me hacen desear conservarla.

  2. Tenemos la capacidad de reconocer la existencia de otras mentes similares a la nuestra que tienen motivaciones parecidas, y que debido a ellas también procuran su propia vida.

  3. La empatía, es decir, la capacidad que tenemos de ponernos en los zapatos de otros y hacer nuestras las emociones, necesidades y deseos de los demás, que previamente habíamos reconocido. Sentirlas como si fueran las nuestras.

De esta forma convertimos a la defensa de la vida en algo «universal» para aquellos que valoran la vida.

De faltar el principio de empatía, podríamos todavía reconocer los deseos de los demás, pero no tendrían por qué importarnos. Velar por ellos sería meramente utilitario y sólo realizado en función de cómo nos beneficiaría ello directamente. Es la moral del psicópata. La empatía agrega una dimensión y una profundidad extra indispensable, donde el otro se vuelve nosotros.

El psicópata, carente de empatía por definición, es la antítesis del sistema de valoración propuesto aquí.

El acto de valorar la vida, se vuelve así un valor por sí mismo. No es la conclusión de ninguna lógica.

Cuando la gente suele hablar de «defender la vida» es muy raro que se refiera a la vida por sí misma. No suele defenderse tal concepto de forma aislada. De ser así, defenderíamos el glóbulo rojo que se cae al suelo cuando nos cortamos, la solitaria en nuestros intestinos, o consideraríamos genocidio a la muerte de incontables microbios caídos bajo el yugo del antibiótico.

Lo que solemos hacer es defender a la vida que, entendemos, se valora a sí misma o que tiene la capacidad de conseguirlo. La humana una entre ellas, porque somos humanos nosotros mismos, y empatizamos con lo humano. Es nosotros.

La vida por sí misma como valor

Un pensador del pasado podía llegar a conclusiones similares sobre el valor, sustituyendo el acto de valorar que mencionamos antes con la existencia misma de la vida. El argumento es común entre los opositores al aborto legal: «la vida vale por sí misma» ¿Pero qué entendía por vida el antiguo?

En el pasado la concepción de la vida tenía una orientación mucho más vitalista que hoy día. Por vitalismo debemos entender la idea de que lo vivo está fabricado de una sustancia fundamentalmente diferente a lo inanimado, que no se explica por el resultado de fuerzas físicas o químicas convencionales.

Esa concepción ha cambiado en lo general. Debemos recordar que, hace tan sólo un siglo, el hecho de que un hijo tuviera rasgos del padre era en sí un misterio. De igual forma, era desconocido el mecanismo que daba vitalidad a una célula. Ahora conocemos el ADN, lo mismo que muchas de las reacciones químicas que hacen a la célula funcionar. Reacciones tremendamente complejas y enrevesadas, pero simple y llanamente químicas y físicas.

Linfocitos. Increíbles máquinas que mueren en pos de defender a su organismo huésped, combatiendo a los patógenos.

En la ignorancia del pasado, era fácil confundir la vitalidad de la célula con la vitalidad de un ser complejo que posee mente, emoción y sentimiento. Para el pensador del pasado era obvio que los movía la misma sustancia. Una esencia vital indeterminada. Ahora podemos hacer la distinción entre la máquina, que es una simple célula, y el misterio de la consciencia, como reinos completamente diferenciados.

No tenemos que estar de acuerdo en nuestra postura metafísica ante la mente, tan sólo reconocer que hay una diferencia cualitativa, cuantitativa o de otro tipo, entre una simple célula y su maquinaria, y la mente misma.

Así, hoy es mucho más difícil justificar la idea de que un montón de reacciones químicas, sin más conciencia de sí mismas que una piedra cayendo por un barranco, puedan tener valor por sí mismas, aunque es el concepto que un opositor total al aborto debe defender para justificar que una célula, o un grupúsculo de ellas, merecen ser defendidos.

La naturaleza del derecho

Quiero hacer una reflexión al derecho a la vida en este contexto. El derecho a la vida no es el derecho a no morir, simplemente porque es imposible no hacerlo y va contra las leyes naturales conocidas. El propio universo físico debe terminar, hasta donde sabemos.

El derecho a la vida es una forma de atajar los mecanismos que pueden llevar a nuestra muerte, de forma que no dependan de la voluntad de un tercero, de la ignorancia o la negligencia. Asimismo, nos ofrece los medios disponibles para preservar nuestra vida si así lo deseamos (porque desear estar vivo no es obligatorio).

El ejercicio de un derecho, no el derecho en sí, sino su ejercicio, se entiende como la satisfacción de un deseo o necesidad. Evidentemente, para que existan tales se necesita a «alguien» que los posea.

Es decir, el ejercicio de un derecho necesita inevitablemente una mente que es satisfecha de alguna forma. No decimos que una piedra pueda tener el derecho a no ser tirada por un barranco, porque a la piedra no le importa ser tirada por un barranco. No satisface ningún deseo ni necesidad de la piedra. Ni siquiera puede percatarse de tal suceso.

Simplemente, el concepto de derecho aplicado a una piedra no tiene sentido.

En este contexto, el derecho a la vida aplica para aquel que valora, o extendiéndolo un poco más, aquel que tiene la capacidad de valorar y/o experimentar dicha vida.

Como valor, la vida propia sólo puede significar algo a quien la puede valorar. Esta conclusión surge por definición en un sistema de valoración subjetiva, donde el valor sólo emerge del juicio de un agente que produce el valor.

El embarazo interrumpido

Partiendo de todo lo dicho anteriormente, podemos abordar el tema del embarazo. Como ya sabemos, éste consiste en varios estados que van desde la concepción hasta el parto (si todo sale bien).

La pregunta es: ¿en todos los estados del embarazo, el producto tiene las características y cualidades necesarias para tener la capacidad de valorar, experimentar o sentir su propia vida? En términos más directos: ¿Tiene una mente apta para otorgarle derechos?

Es evidente que en los primeros estados no tiene tal capacidad, y es en ellos donde la muerte de ese producto no implica una violación al derecho a la vida. Y no lo sería porque no hay un «alguien» que sea desprovisto de algo.

Esto también sugiere que hay estados del embarazo en los cuales el aborto sería perfectamente reprobable, al violar frontalmente el derecho a la vida de la naciente mente.

En este contexto, no se está violando ningún derecho sobre el cigoto o embrión, siempre que no sea capaz de experimentar su propia vida.

El problema del «todo vale»

El partidario de los valores objetivos tiene una idea: si el valor no está establecido de forma absoluta u objetiva, de forma que no sean independientes del observador, entonces entramos en un «todo vale».

El «todo vale», como argumento moral en contra de los modelos de valor subjetivos es, en sí mismo, una valoración moral sobre los sistemas de valoración moral.

Es decir, si hoy dices que algo es malo, mañana puedes decir que es bueno, y nada te podrá detener. «Todo vale» y el sistema se vuelve un caos. Para él desaparece la justificación de lo bueno.

El que apela al «todo vale» se queja de que no hay justificación que respalde lo bueno. «Podría decidir matarte, y lo haría, porque la determinación de lo que es correcto podría ser arbitraria y personal».

Quiero presentar dos objeciones a tal noción. Una lógica y una práctica.

El «todo vale», como argumento moral en contra de los modelos de valor subjetivos es, en sí mismo, una valoración moral sobre los sistemas de valoración moral.

Es decir, estamos hablando de un concepto autorreferente. ¿Bajo cuál marco moral se está juzgando el carácter de los marcos morales?

Tal naturaleza autorreferencial se presta a la paradoja y la conclusión de que los hechos descritos por el mismo, no deberían estar sujetos a la evaluación moral y, de hacerse, se debe especificar cuál es el marco desde el que se realizan. Pero como argumentos que intentan destronar un marco moral particular pierden toda su fuerza, porque no hay criterio para determinar qué marco moral debe aplicar sobre otro, al menos si no nos ceñimos, precisamente, a un marco moral, lo cual nos lleva a una contradicción.

En la práctica, y esto es parte de la segunda objeción al «todo vale», los valores morales nunca han sido arbitrarios. Son inseparables de las inclinaciones propias de las mentes que las han generado.

Una moral siempre ha estado sujeta a esos principios cuasi universales comunes a todos nosotros mencionados antes. Existen muchas tendencias que los seres vivos tienen, que son prácticamente comunes a todos. Por ejemplo, preferimos el placer al dolor, la libertad a la opresión, estar vivos a estar muertos.

Puede existir justificación para lo bueno en un sistema subjetivo, y existe siempre, sólo que tal justificación no tiene un carácter absoluto. Esa es la única diferencia: que el carácter de esa justificación no es objetivo. ¿Por qué necesitan tanto algunos la justificación absoluta? Porque filosóficamente o intelectualmente les parece más satisfactorio tener una base sólida, inamovible, de la cual deriven sus conclusiones y posturas morales.

Pero ello es sólo una necesidad psicológica del quejoso.

En la realidad, ¿qué es lo que sucede? La idea de una valoración o valor objetivo, lo único que significa, es que su partidario está asumiendo como verdadero un «axioma ético», una postura ética que no cuestiona. ¿Qué diferencia en la práctica tiene asumir esa postura ética, a simplemente tomar consciencia de estar uno mismo dando valor a algo?

Pero voy más allá, ¿que no es la disposición de aceptar un principio moral que no se cuestiona, que se encuentra al margen del juicio de los individuos, una puerta abierta a la imposición de un marco moral que justifique, ese sí, el totalitarismo, u otras formas de degradación social?

Al final, ¿qué es lo más importante?, ¿lo que realmente está pasando, o la comprensión meramente intelectual de la ontología del sistema moral que estamos usando?

El problema del valor objetivo como afirmación

Que los valores sean objetivos o subjetivos, es algo que no va a cambiar porque nosotros decidamos, si entendemos las afirmaciones sobre dichos valores como declaraciones fácticas sobre la naturaleza de la realidad.

Sin importar lo que pensemos de la naturaleza de los valores, su realidad no cambiará. Ya es una realidad. Ya está ahí, en el mundo, inserta en su seno. Y si observamos el mundo, que si bien a veces ha tenido sus malas épocas y otras no tan malas, tampoco está sumido en el caos absoluto.

Hay gente que mata. Que entendamos los valores como subjetivos u objetivos, ¿cambia esa realidad? ¿O el temor es que los valores sean menos persuasivos si se conciben como subjetivos? ¿Es razonable pensar que sólo la comprensión intelectual de su subjetividad u objetividad, es lo que realmente les da su fuerza? ¿No son los «universales» de los que hablábamos anteriormente el verdadero pilar de su poder?

Esas inclinaciones comunes son los pilares en los que se pueden fundamentar principios morales que no apelen a los «fantasmas metafísicos» típicos de las nociones de valor objetivo. El «caos» no es inevitable.

El defensor consciente de una noción objetiva del valor tiene una repulsión, una aversión tan alta hacia una concepción subjetiva del mismo, que simplemente enunciar que algo es subjetivo, para él es un argumento en su contra, cuando en realidad lo único que señala es el hecho de que es subjetiva.

«Mira, en el Universo el ser humano es una de esas cosas que vale. ¡Oh!, ¡que casualidad! ¡Yo soy humano!».

Las consecuencias de entender al valor como algo subjetivo no dicen nada sobre la realidad o falsedad de ese hecho. Podrían ser consecuencias intelectualmente desagradables para el partidario de su concepción objetiva, podrían ser feas, indeseables, pero nada de eso es un argumento en contra de su veracidad o falsedad. No son falsas porque son feas.

Viendo el mundo, esa parece ser la realidad. Pensemos en el Sol. El astro rey es una realidad objetiva, independiente de las creencias de cada uno. Tú volteas a ver al Sol, y te quemas los ojos, creas en él o no. Pero el valor es diferente. Para ser tan universal, real y objetivo como defienden algunos, se da que no lo vemos igual, o mientras unos lo ven en ciertas situaciones, otros ni siquiera lo detectan. Eso pesa en contra de la idea de que su naturaleza es objetiva.

Aceptar el valor como algo intrínseco, hace que parezca que estamos diciendo algo como esto: «Mira, en el Universo el ser humano es una de esas cosas que vale. ¡Oh!, ¡que casualidad! ¡Yo soy humano!».

¿No tiene mucho más sentido concluir que sólo sentimos que valemos porque precisamente nos estamos valorando a nosotros mismos? ¿Bajo cuál criterio asumimos la idea de un valor intrínseco y además nos creemos los portavoces del mismo?

¿Es deshumanizante?

Hay quienes afirman que permitir el aborto es deshumanizante porque implica desvalorar al ser humano. Que un mecanismo de valor como el descrito aquí es una abominación. En lo absoluto es el caso.

Estoy seguro que tanto defensores como oponentes al aborto legal caminaríamos hombro con hombro y protestaríamos ante un genocidio o tragedia de gran calibre, si se diera el caso.

No es un problema de valorar mucho o poco al ser humano. Es un problema que concierne a los límites que separan lo que es valioso de lo que no. Ni siquiera es que una posición abarque más que la otra, sino que son diferentes.

Ante la evidente variedad en la capacidad de valorar, ¿no es la apertura de opciones el mejor camino, tomando en cuenta el contexto social presente y todas las posibles consecuencias de obligar a parir? Como consecuencias podemos mencionar las condiciones de vida, tanto de los padres como de los hijos.

Esto nos podría llevar a preguntarnos, ¿cuál debería ser el papel de un sistema judicial y legislativo?, ¿procurar el cumplimiento de un código moral, o bien, la preservación del orden y el bienestar objetivamente observable de la población? Preguntas que escapan del alcance de esta reflexión, pero no menos importantes en torno a la legalización.

Javier

Maestro en Ciencias de la Computación (UNAM). Durante mucho tiempo interesado en la difusión del pensamiento crítico, la ciencia y el escepticismo. Estudioso de la inteligencia artificial, ciencias cognitivas y temas afines.

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3 Respuestas

  1. Rawandi dice:

    «no se está violando ningún derecho sobre el cigoto o embrión, siempre que no sea capaz de experimentar su propia vida»

    Cierto. El feto temprano no tiene derecho a la vida (ni ningún otro derecho) porque aún no posee mente. En cambio, la mujer sí tiene derecho a elegir porque ya posee mente. Lo cual significa que el derecho de elección de la mujer tiene preferencia sobre el inexistente derecho a la vida del embrión temprano.

  2. MRK dice:

    «Para ser tan universal, real y objetivo como defienden algunos, se da que no lo vemos igual, o mientras unos lo ven en ciertas situaciones, otros ni siquiera lo detectan».

    El problema de este relativismo (depende de cómo lo veamos es su valor), podría suceder con otros y entonces no tendrían valor. Así ha sucedido históricamente con los judíos, o con los afroamericanos, o con los amerindios; y el resultado ha sido siempre el mismo: genocidio.

    No es fácil universalizar los derechos, pero estoy convencido que el valor de la vida humana debe ser el punto de partida universal de la ética y el derecho.

    • Javier dice:

      Contestas con un argumento de «todo vale», que ya fue abordado en el texto.

      De forma resumida y diferente lo respondo nuevamente te aquí:

      Que sean subjetivos los valores, no los vuelve arbitrarios. Poseemos tendencias e inclinaciones comunes sobre las cuales se pueden cimentar tales valores. La subjetividad (que siempre está ahí, incluso en la creencia de que los valores son absolutos), no lleva necesariamente al caos.

      Esas tendencias comunes pueden llevarnos, de hecho, a la construcción de valores más universales que aquellos que emergen de un constructo como el concepto de «humano».

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